obra, Poesía

Epifanía del pez

En la penumbra del agua comienza todo de nuevo, y nada de lo que hemos visto permanece en la luz que los pájaros cortan, ni en la mirada perdida  de quienes olvidamos, con el vuelo, la transparencia de aquellos sueños -tan sublimes como vertiginosos – pues bebemos sin iluminarnos y sin la embriaguez necesaria para seguir respirando:

¡Sumergidos, entonces, nos encontramos!

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Autoretrato de un neurótico en vías de perderlo todo

Había estado dormido toda la tarde de ese jueves de primavera. El calor no daba tregua aunque el sol del ocaso dejaba ya respirar mejor la tierra mojada que sólo unas nubes, que venían bajando de la sierra, anunciaban. La ciudad hervía y los malos motores de autos japoneses y alemanes interrumpían su siesta de vez en cuando. Pero cuando despertó no encontró nada decentemente referencial, ni una señal de seguir siendo él, él, el director de teatro, el editor de una revista. Filósofo de medio tiempo.  ¿Qué cosa realmente podía ayudarle a recuperarse a sí mismo?  Lo sabía, los sueños destierran toda esperanza del más allá. Este es el más allá, pensó. Yo vengo de una tierra salvaje, donde todavía me queda algún poder. Pero todo eso es pasado. El futuro no existe. Todo ha sido ya.

Abrió el refrigerador, algo se estaba echando a perder ahí. Tiró todo a la basura, no quiso enterarse de los despojos. Pensó en salir de la casa para ir al acostumbrado café de matemáticos y letrados -el mismo lugar donde acostumbraba empezar proyectos para luego abandonarlos- pero seguía haciendo calor, así que pidió comida japonesa a domicilio. Titubeó cuando preguntaron su dirección, nombre y teléfono. Sólo para cerciorarse revisó su id. Aparentemente seguía siendo el mismo, aunque eso empezaba a dejar de tener sentido. Ser él mismo. Único miembro de su especie. Sui generis.

Pensó también en ver esas series británicas de comedia que tanto le gustaron hace mucho tiempo con la intención de recuperar algún signo de sí, algún trazo de memoria, algo más que un simple recuerdo de la cotidianidad.  Pero la sola  de sensación de volver a ver otra vez, de perder su tiempo otra vez como lo perdió viendo IT Crowd, Peep show o The Office, le hizo abandonar ese camino. Perder el tiempo no era malo. Pero si nada de eso en ese momento sirvió para saber quién era, para determinar quién sería en el futuro ¿por qué serviría ahora? El repartidor tocó el timbre. Pagó, dio las gracias y entró. Una vez frente a la mesa revisó sus libros. ¿Qué era lo que estaba leyendo la última vez?  Decidió encender la radio y escuchar la hora de jazz mientras comía su arroz con vegetales y camarones. Pero no era la hora del jazz, habían cambiado la programación y ahora estaba un bloque de noise. Lo dejó, de todos modos hubo un  tiempo en que él amó el noise, vivió para el noise. Lo último que estaba leyendo era a Plotino, era Charles Dickens, era Hegel, era Pierre Macherry, era Pascal Quignard, era Giorgio Colli. Se sentía al acecho, como lobo hambriento, con apenas cierta noción de su  presente, que en medio de la crisis, tú sabes, se dijo ¿Qué más da? ¿Llegaría vivo al final del día? Es decir ¿hasta la mañana siguiente? No había lecturas en orden. No había orden, sólo sexo y muerte, a la manera en que Woody Allen lo pronunciaría en una sus películas. Terminó de comer y se fue al café, esta vez sin ideas para el futuro.

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meditaciones beckettianas, obra

Deus Ex Machina

 

Me escondí por un tiempo (quizá una hora, hora y media), detrás de un librero que heredé de mi abuela. Todavía me escondo de vez en cuando ahí, sin ninguna razón aparente. Mi recorrido es este: paso corriendo desde mi cuarto, atravieso la cocina y la sala, y este enorme caserón que parece nunca acabarse, por fin ofrece una cálida estancia que podría tomarse por biblioteca, pero la verdad es que faltan muchos libros buenos – que supongo mi abuela heredó a gente mucho más lúcida y ávida de lectura – y quedaron más bien los enmohecidos con títulos demasiado decimonónicos como para atraer mi atención. Los buenos ya los leí, así que la mayor parte mis noches sólo estoy ahí escuchando música.

Y eso hacía hasta que pasó esto. Releía sin mucha atención El Mar de Jules Michelet, ese capítulo sobre las leyes de la tempestad. Tenía a mi lado un póster de Marilyn Monroe (la típica foto donde aparece bajando su vestido para que el viento no enseñe demasiado) que se había despegado de la pared cuando una corriente de aire abrió las ventanas y las azotó escandalosamente. En el momento no concedí gran relevancia a este suceso, pero cuando me puse de pie para cerrar las ventanas y cambiar la música, un ligero escalofrío se clavó en mi espalda. Quise decir ¡A la chingada! Pero mi voz no salió y el tintineo de unas campanas colgadas en la puerta principal me distrajo de algún malestar que estaba a punto de padecer. Caminé hasta la puerta principal sólo para asegurarme de lo que ya sabía, que la puerta estaba bien cerrada. Pensé en regresar a aquella estancia, pero desistí cuando otro escalofrío me atravesó de punta a punta, y paralizado quise (ojalá lo hubiera hecho) volver sobre mis pasos hasta el dormitorio. De reojo, a mi derecha, noté una gotera entre la cocina y la sala que muy pronto había formado un charco de agua sobre la vieja alfombra. Era invierno y no había llovido en todo el mes, y ese día sólo algunas nubes peregrinaban torpemente amontonándose, pero en el cielo no había indicio de tormenta. Esa gotera con su plap plap amortiguado en la alfombra, mi incapacidad de movimiento, y un discreto destello en el espejo que estaba a mi lado izquierdo arruinaron mis nervios. No creo en fantasmas, en demonios o historias de ultratumba, sin embargo aquella situación me superaba. Mi educación había sido bastante religiosa pero pronto abandoné los preceptos de la Iglesia cuando descubrí que las mujeres tenían todo lo que se necesita tener para que uno, como simple mortal, pudiera olvidarse de los cielos y los infiernos. Mas mi abuela que había sido una mujer de fe, configuró este lugar para vivir en Dios. Eso era, sólo puede ser Dios. El Dios de verdad, Dios detrás de Dios. Un Dios cerebral, un Dios que se funde con la naturaleza extraña de las cosas, un Dios cuyo milagro había sido hasta ese instante crear una gotera ex nihilo, un Dios de los escalofríos, de los destellos involuntarios en el espejo, un Dios que es como una araña de un solo ojo que teje esta rutina de la cual tengo que escapar. Y fue así que desperté junto a un charco más grande, con la evidencia ineludible de que las goteras se habían multiplicado, e imagino entonces que en esa ocasión no tuve más remedio que dormir parado hasta caer. Fue el frío lo que me despertó, con la incisiva humedad en mis pantalones -Menudo prodigio- pensé otra vez.

Como cualquier persona razonable, pedí cuentas de este asunto a diferentes plomeros, fontaneros, arquitectos, y ellos venían a reparar temporalmente la anomalía hasta que las goteras y sus charcos brotaban otra vez; así pues, me decidí a consultar a una medium, y Madame Moi me dijo que no había detectado nada raro, que lo único que percibía ella en todo esto era paz. Quizá se trataba de eso. El problema era yo, el problema era que yo no quería paz. Yo no quería a Dios haciendo su pequeños trucos de magia para mí. Dios sólo es molesto, no da razones de nada. Es por eso que yo evito quedarme mucho tiempo entre la cocina y la sala, porque entre otras cosas, el charco se convirtió en estanque, y pequeños nenúfares florecieron ahí donde ponía mis cosas. Trato de rodear el lugar, voy por las orillas, pegado a la pared esperando el último diluvio. Si siento un escalofrío corro a esconderme detrás del librero, porque he notado que ahí su gran ojo de araña no alcanza a percibirme. Porque ahí es posible no ser, y si Dios teme algo es la nada. Fue así como conjuré este abismo. Un pequeño portal al vacío donde ni siquiera yo existo.

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