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Pequeños Tratados

Suponiendo que nos pudiera la esperanza de compensar la poca necesidad que le encontramos a las cosas del mundo y al orden  desordenado de la naturaleza escribiendo libros, el orden que imponemos a lo que escribimos jamás alcanza a elevar el libro al nivel de lo real, al estatuto de una región en la que el fantasma, el símbolo, el sentido sean firmemente extirpados. Al contrario. Todo artificio que introducimos con este fin se acrecienta a medida que leemos, como un hiperbólico efecto de retorno, y la existencia de un libro se nos parece cada vez más particular, desproporcionada, endeble, risible, infinitamente conmovedora. Todo el orden y la intención y la maestría y la belleza se desmoronan infinitamente en todo momento ante la ausencia de necesidad de todo libro. Nunca nadie está obligado a hacer un libro. Ni si quiera los dioses de las religiones reveladas. Y nos parecen infinitamente vanos.

Pascal Quignard

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