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Pequeños Tratados

Suponiendo que nos pudiera la esperanza de compensar la poca necesidad que le encontramos a las cosas del mundo y al orden  desordenado de la naturaleza escribiendo libros, el orden que imponemos a lo que escribimos jamás alcanza a elevar el libro al nivel de lo real, al estatuto de una región en la que el fantasma, el símbolo, el sentido sean firmemente extirpados. Al contrario. Todo artificio que introducimos con este fin se acrecienta a medida que leemos, como un hiperbólico efecto de retorno, y la existencia de un libro se nos parece cada vez más particular, desproporcionada, endeble, risible, infinitamente conmovedora. Todo el orden y la intención y la maestría y la belleza se desmoronan infinitamente en todo momento ante la ausencia de necesidad de todo libro. Nunca nadie está obligado a hacer un libro. Ni si quiera los dioses de las religiones reveladas. Y nos parecen infinitamente vanos.

Pascal Quignard

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Morir por pensar

El pensador vive por el placer no sólo de una investigación sin fe, sino también de una búsqueda sin causa. En tal sentido, el pensador es lo contrario de un intelectual. Interrogación pura (sin saber, sin compromiso, sin ideal, sin opinión, sin expectativa, sin convicción, sin autorización, sin garantía ni salario, sin patria).

Pascal Quignard

Morir por pensar. Pag. 163

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Pascal Quignard: Nagasena y el rey Menandro

El Milindapahna fue redactado en pali. Relata la expedición militar que el rey griego Menandro realizó en el Alto Ganges en – 122. Incrementa, adorna, mejora un diálogo que realmente tuvo lugar entre el monje Nagasena y el rey Milinda durante la conquista del Panjab. Milinda traduce el nombre de Menandro. El jefe de la expedición de los griegos de Bactriana se dirigió al templo de Sankheya acompañado solamente por su lugarteniente Demetrio. Nagasena ya estaba allí, sentado, rodeado de ochenta mil monjes budistas. El rey Menandro se vanagloriaba hasta ese día de haber logrado refutar a todos los sofistas que se le habían enfrentado en todas las regiones de la India que había conquistado. “El pensamiento de los griegos, decía, es el más audaz del mundo conocido. Incluso los romanos, cuando nos derrotaron, reconocieron su superioridad. Por tal motivo mandaron a sus hijos a Atenas y a Alejandría para que les fuera enseñado.”

Y por tal motivo, con arrogancia, Milinda (Menandro) al llegar al templo de Sankheya le susurró al oído de su oficial Devamantiya (Demetrio):

–Este sofista, ¿será capaz de discutir conmigo?

Luego, considerando a los 80000 monjes que rodeaban al reverendo Nagasena, el rey de los griegos añadió:

–¿Qué multitud es esta que nos presiona? El pensamiento no es una opinión. Un solo pensamiento puede ser verdadero contra 80000 opiniones que concuerdan.

Pero Demetrio le respondió:

–Señor, no es una multitud que piensa. Son discípulos que aprenden.

Entonces, de pronto, por primera vez en su existencia, el rey de los griegos sintió que algo empezaba a estremecerse en el interior de su cráneo. Así reza el texto pali: “Como un elefante rodeado por rinocerontes, como un naya rodeado por garudas, como un chacal por boas, como un oso por búfalos, como una rana por una serpiente, como una serpiente por un encantador de serpientes, como un demonio por un exorcista, como una gacela por las garras de un tigre, como una rata bajo las uñas retráctiles de un gato, como la luna presa en la boca de Rahu, como un pájaro que choca con los barrotes de una jaula, como un pez que se topa con las mallas de una red, como un hombre que entra en el bosque, asustado, alarmado, perplejo, ansioso, toda la carne de su cerebro empezó a bullir en el interior del hueso de su cráneo, y el alma de Menandro pensó que era posible que ese sofista triunfara sobre el rey de los griegos antes del final del día”.

 

Pascal Quignard
En Morir por pensar, Cap. IV
Ultimo Reino IX
Trad. Silvio Mattoni
Buenos Aires, Cuenco de Plata, 2014

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