obra, Poesía

Li Po

Recordé morir

-le dije borracho a la gibosa luna.

Torció la boca.

¡Recordé morir!

-Insistí, ebrio e iracundo.

Y la luna se echó a llorar en aquel lago donde la tragedia se habría de repetir.

 

 

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meditaciones beckettianas, obra, Poesía

Eso a lo que le llamas vida

Hay lluvia en la tarde que recuerdas

porque nunca te quisiste ir,

corrían las nubes de campo en campo

y pensabas no dormir en la sombra

ligera de nuestros días de café.

 

Estabas ausente a tu manera:

Descifrando el pulso de tu cuerpo

en el agua -todo un cielo sumergido-

te decías, con la asesina distancia

de una estrella a otra.

 

…Y una raíz quebraba la oscuridad

y liberó un poco, y casi nada,

una bomba, un parto, un recién nacido

que sólo te atrevías a mirar desde el espejo.

 

No hay ruido que no conozcas,

no hay ruido que no,

no hay ruido que,

no hay ruido,

no hay,

no.

 

Sólo un pellejo, eso a lo que le llamas vida.

 

 

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meditaciones beckettianas, obra

Nowhere

Es verdad que la carne duele. Uno envejece rápido y de repente muere.  Pregúntenle al señor caracol que ayer por la noche pisé sin querer. Su caparazón tronó y mi alma se hizo añicos. La triste babosa quedó embarrada en el escalón.

Schubert suena en la radio. El volumen está tan alto que mi cuarto empieza a despedazarse mientras el cielo cae como el mar que no tenemos. Un rayo atraviesa la ciudad y el silencio recoge las miradas hasta ahora absortas en la nada. Es tan hermoso escuchar a Schubert en el fin del mundo.

Pienso esto como buscando la utopía en lo que escribo. Cosas que nunca han tenido lugar ni tiempo.

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meditaciones beckettianas, obra

Gracia

No hay ninguna historia detrás de mis lágrimas, ni memoria en el silencio que las evoca, pero si existe algún evento que sea digno de ser cantado, seguro debe ser el de mi muerte, que ha venido acumulándose día tras día desde mi nacimiento. La contra historia -lo que nunca ocurrió – es accesible por el reflejo de las cosas que se producen en nuestra imaginación, pero que no nos pertenecen -ese espacio onírico donde el yo es imposible-. Toda luz me molestaba por la mañana. Sólo quería leer a Tácito. Dormía hasta la madrugada y me levantaba al rededor de las dos o tres de la tarde. Comía semillas. Estaba harto de la carne, pero tampoco quería admitir que me había vuelto vegetariano otra vez. Me avergonzaba de todas las verdades que me conformaban. Por esos días recibí el  correo de un viejo amigo al que no veía hace un año, quería decirme que se había convertido al judaísmo, y que no soportaba la idea de que yo siguiera creyendo, a pesar de mi ateísmo, que había una realidad poética mucho más prístina en los textos védicos que en la Torá. Yo no estaba dispuesto a verlo sólo para discutir cuestiones metafísicas de segundo orden, porque siendo dogmáticos ya no es posible reírse de nada, y no hay nada más triste que dos amigos que han dejado de burlarse el uno del otro.

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