meditaciones beckettianas, obra

Gracia

No hay ninguna historia detrás de mis lágrimas, ni memoria en el silencio que las evoca, pero si existe algún evento que sea digno de ser cantado, seguro debe ser el de mi muerte, que ha venido acumulándose día tras día desde mi nacimiento. La contra historia -lo que nunca ocurrió – es accesible por el reflejo de las cosas que se producen en nuestra imaginación, pero que no nos pertenecen -ese espacio onírico donde el yo es imposible-. Toda luz me molestaba por la mañana. Sólo quería leer a Tácito. Dormía hasta la madrugada y me levantaba al rededor de las dos o tres de la tarde. Comía semillas. Estaba harto de la carne, pero tampoco quería admitir que me había vuelto vegetariano otra vez. Me avergonzaba de todas las verdades que me conformaban. Por esos días recibí el  correo de un viejo amigo al que no veía hace un año, quería decirme que se había convertido al judaísmo, y que no soportaba la idea de que yo siguiera creyendo, a pesar de mi ateísmo, que había una realidad poética mucho más prístina en los textos védicos que en la Torá. Yo no estaba dispuesto a verlo sólo para discutir cuestiones metafísicas de segundo orden, porque siendo dogmáticos ya no es posible reírse de nada, y no hay nada más triste que dos amigos que han dejado de burlarse el uno del otro.

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obra, Poesía

Epifanía del pez

En la penumbra del agua comienza todo de nuevo, y nada de lo que hemos visto permanece en la luz que los pájaros cortan, ni en la mirada perdida  de quienes olvidamos, con el vuelo, la transparencia de aquellos sueños -tan sublimes como vertiginosos – pues bebemos sin iluminarnos y sin la embriaguez necesaria para seguir respirando:

¡Sumergidos, entonces, nos encontramos!

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obra

I’m here in my mold

¿Cómo escapar? ¿Por dónde salir? ¿A quién acechar? Será preciso decir más, o de una vez por todas callar. Es verdad que a lo largo de la vida, en este mundo, no hay refugio para el errante, ni en la academia, ni en los cafés, ni con la amante ni con los amigos. El errante sabe que no puede huir de su propia ausencia. No se trata de aprender o de acumular ideas, opiniones, imágenes y sonidos, sino de olvidar. Entonces ¿cómo escapar? Este espacio abierto, que son todos los brazos de Shiva destruyendo mis órganos en los distintos ciclos de la rueda de la reencarnación ofrece, al mismo tiempo, una sensación tan abstracta como concreta: el final de algo. Extraña, sin duda, tal necesidad teleológica, neurótica, apocalíptica: ¡Que acabe esto por favor!

Pero si debemos tener fe, deberá ser en el pasado, encontrar el fin en el origen, así como tan adecuadamente sentencia el oráculo de Delfos que “aquello que hirió curará”. Menudo problema, doble candado, pues nunca vivimos en ese pasado, y menos en aquel futuro. Entonces ¿cómo escapar? Honestamente no lo sé, ahora sólo bebo mi segundo expresso y escucho Push it out de The Beta Band mientras escribo esto. Es un mantra. Y si voy muy atrás me veo a la edad de cuatro años mirando el cielo y sus escurridizas nubes, aunque también veo esos días de verano donde me lanzaba a una alberca olímpica desde una plataforma de nueve metros. Una caída de nueve metros para cambiarlo todo. Una alberca tan profunda como oscura. Creo que formalmente ese fue mi ritual de iniciación; todos los niños lloraban, nadie quería intentarlo, o los que estaban dispuestos no querían ser los primeros, así que yo lo hice. Todavía hoy me siento tentado a dejarme caer desde cualquier altura. Y me pregunto entonces si así cayó Dios, por vértigo. ¿Cómo vino Zeuz a mezclarse con nosotros bajo la forma de un toro? ¿Cómo Dios se hizo carne? ¿En qué consiste esa tentación?

El deseo oscuro de sumergirse en lo Otro no es exclusivo de los humanos, antes bien, perteneció a los dioses y a la naturaleza misma el confundirse, mezclarse, perderse, olvidarse de sí hasta extrañarse. Heráclito decía que “la Naturaleza ama esconderse”. Pero no nos pongamos tan serios. No es aún otoño y ya lo estoy evocando. Sólo digo que todo está rarificado, se trata de diferencias indiscernibles, y que siendo así es difícil saber quién habla. Eres tú, desde el otro lado, leyendo esto, mientras te preguntas cómo escapar, cómo renunciar sin aceptar la derrota. ¿Por qué dejamos de creer en nuestros sueños? ¿En qué momento creímos, por el contrario, que lo mejor era aceptar esta vida? Nuestras objeciones eran similares, pensábamos que no había razón para renunciar sin haberlo intentado. Con una palmadita en la espalda te dije que las determinaciones de la especie no siempre son las determinaciones del individuo, que nuestro histórico fracaso en lo colectivo no debía menguar nuestro anti-histórico esfuerzo en lo individual.

No obstante, ahora encuentro imposible pensar que fue nuestra decisión estar aquí, y que permanecer y aventurarse en los misterios y miserias de la vida de este mundo solo puede explicarse por el hábito y la inercia, por esa obsesiva repetición que se quiere así más que a sus obras. El hecho, por otro lado, de que en efecto nadie lo haya decidido en nuestro lugar también es inquietante, pues significa afirmar que absolutamente nada nos puso aquí. Una interesante sensación de vacío oscila esta noche desde donde te escribo. Si se mira sobre la arboleda, se levanta una enorme cresta de nubes aún más oscura que el ocaso, arrastrando consigo una terrible tormenta. Hubo una así hace quince días. El sonido de un rayo cortando el viento me despertó y su trueno llegó mucho después; entonces cuando quise pararme a tomar un poco de agua noté que mi cuarto estaba inundado menos de una pulgada, y que me había quedado sin electricidad; sólo el ruido impasible de la lluvia que golpeaba las tejas de la casa acompañaba mi asombro. Creí por un momento que estaba muerto y creí, por consiguiente, en la posibilidad del alma -de mi alma específicamente- atravesando algún tipo de purgatorio o de sala de espera. Lo experimenté como un sueño, como una escena sacada de la cabeza de Tarkovski: atravesaba el espacio sin moverme. Un tiempo puro el de la muerte y el sueño, y el de la creencia que los envuelve.

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obra

Autoretrato de un neurótico en vías de perderlo todo

Había estado dormido toda la tarde de ese jueves de primavera. El calor no daba tregua aunque el sol del ocaso dejaba ya respirar mejor la tierra mojada que sólo unas nubes, que venían bajando de la sierra, anunciaban. La ciudad hervía y los malos motores de autos japoneses y alemanes interrumpían su siesta de vez en cuando. Pero cuando despertó no encontró nada decentemente referencial, ni una señal de seguir siendo él, él, el director de teatro, el editor de una revista. Filósofo de medio tiempo.  ¿Qué cosa realmente podía ayudarle a recuperarse a sí mismo?  Lo sabía, los sueños destierran toda esperanza del más allá. Este es el más allá, pensó. Yo vengo de una tierra salvaje, donde todavía me queda algún poder. Pero todo eso es pasado. El futuro no existe. Todo ha sido ya.

Abrió el refrigerador, algo se estaba echando a perder ahí. Tiró todo a la basura, no quiso enterarse de los despojos. Pensó en salir de la casa para ir al acostumbrado café de matemáticos y letrados -el mismo lugar donde acostumbraba empezar proyectos para luego abandonarlos- pero seguía haciendo calor, así que pidió comida japonesa a domicilio. Titubeó cuando preguntaron su dirección, nombre y teléfono. Sólo para cerciorarse revisó su id. Aparentemente seguía siendo el mismo, aunque eso empezaba a dejar de tener sentido. Ser él mismo. Único miembro de su especie. Sui generis.

Pensó también en ver esas series británicas de comedia que tanto le gustaron hace mucho tiempo con la intención de recuperar algún signo de sí, algún trazo de memoria, algo más que un simple recuerdo de la cotidianidad.  Pero la sola  de sensación de volver a ver otra vez, de perder su tiempo otra vez como lo perdió viendo IT Crowd, Peep show o The Office, le hizo abandonar ese camino. Perder el tiempo no era malo. Pero si nada de eso en ese momento sirvió para saber quién era, para determinar quién sería en el futuro ¿por qué serviría ahora? El repartidor tocó el timbre. Pagó, dio las gracias y entró. Una vez frente a la mesa revisó sus libros. ¿Qué era lo que estaba leyendo la última vez?  Decidió encender la radio y escuchar la hora de jazz mientras comía su arroz con vegetales y camarones. Pero no era la hora del jazz, habían cambiado la programación y ahora estaba un bloque de noise. Lo dejó, de todos modos hubo un  tiempo en que él amó el noise, vivió para el noise. Lo último que estaba leyendo era a Plotino, era Charles Dickens, era Hegel, era Pierre Macherry, era Pascal Quignard, era Giorgio Colli. Se sentía al acecho, como lobo hambriento, con apenas cierta noción de su  presente, que en medio de la crisis, tú sabes, se dijo ¿Qué más da? ¿Llegaría vivo al final del día? Es decir ¿hasta la mañana siguiente? No había lecturas en orden. No había orden, sólo sexo y muerte, a la manera en que Woody Allen lo pronunciaría en una sus películas. Terminó de comer y se fue al café, esta vez sin ideas para el futuro.

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