meditaciones beckettianas

Pequeñas doctrinas

Todavía encuentro imposible sostener una conversación con aquellos que se mueren de ganas por hablar. Más vale el silencio del sabio que la opinión del vulgo.

 Lichtenberg, que era un kantiano con conocimiento de Spinoza escribió: Nada es más reconfortante para el espíritu que no tener ninguna opinión.

Lucio Annea Séneca: Vuelvo más avaro, más ambicioso, más sensual, aún más cruel, porque estuve entre los hombres.

La opinión se construye en comunidad. La verdad se encuentra en el silencio.

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meditaciones beckettianas, obra

Gracia

No hay ninguna historia detrás de mis lágrimas, ni memoria en el silencio que las evoca, pero si existe algún evento que sea digno de ser cantado, seguro debe ser el de mi muerte, que ha venido acumulándose día tras día desde mi nacimiento. La contra historia -lo que nunca ocurrió – es accesible por el reflejo de las cosas que se producen en nuestra imaginación, pero que no nos pertenecen -ese espacio onírico donde el yo es imposible-. Toda luz me molestaba por la mañana. Sólo quería leer a Tácito. Dormía hasta la madrugada y me levantaba al rededor de las dos o tres de la tarde. Comía semillas. Estaba harto de la carne, pero tampoco quería admitir que me había vuelto vegetariano otra vez. Me avergonzaba de todas las verdades que me conformaban. Por esos días recibí el  correo de un viejo amigo al que no veía hace un año, quería decirme que se había convertido al judaísmo, y que no soportaba la idea de que yo siguiera creyendo, a pesar de mi ateísmo, que había una realidad poética mucho más prístina en los textos védicos que en la Torá. Yo no estaba dispuesto a verlo sólo para discutir cuestiones metafísicas de segundo orden, porque siendo dogmáticos ya no es posible reírse de nada, y no hay nada más triste que dos amigos que han dejado de burlarse el uno del otro.

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