literatura, obra, Poesía

Diario de navegación

Le llamamos amor, en esta cantina, a la furia del mar que sostiene los sueños de los que un día murieron ahogados

y en el olvido del poeta que nunca conoció los reinos de Poseidón, ni las tormentas que los argonautas padecieron, en ese olvido, despertamos con el sexo anegado y en la boca un sabor de otro mundo nos sumerge la lengua hasta emborracharnos

las moscas que ya mordieron con locura las óribtas de nuestros difuntos, ahora vuelan al rededor de un fruto prohibido que ningún dios osaría dejar ahí, en el tiempo de los que anhelan no haber nacido jamás

y sin embargo, mis hermanos pescadores todavía esperan, en las marismas, un paraíso  flotante, con la promesa que sólo a una sirena compete hacer:

 

conceder en su prístino canto la muerte eterna.

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