obra

I’m here in my mold

¿Cómo escapar? ¿Por dónde salir? ¿A quién acechar? Será preciso decir más, o de una vez por todas callar. Es verdad que a lo largo de la vida, en este mundo, no hay refugio para el errante, ni en la academia, ni en los cafés, ni con la amante ni con los amigos. El errante sabe que no puede huir de su propia ausencia. No se trata de aprender o de acumular ideas, opiniones, imágenes y sonidos, sino de olvidar. Entonces ¿cómo escapar? Este espacio abierto, que son todos los brazos de Shiva destruyendo mis órganos en los distintos ciclos de la rueda de la reencarnación ofrece, al mismo tiempo, una sensación tan abstracta como concreta: el final de algo. Extraña, sin duda, tal necesidad teleológica, neurótica, apocalíptica: ¡Que acabe esto por favor!

Pero si debemos tener fe, deberá ser en el pasado, encontrar el fin en el origen, así como tan adecuadamente sentencia el oráculo de Delfos que “aquello que hirió curará”. Menudo problema, doble candado, pues nunca vivimos en ese pasado, y menos en aquel futuro. Entonces ¿cómo escapar? Honestamente no lo sé, ahora sólo bebo mi segundo expresso y escucho Push it out de The Beta Band mientras escribo esto. Es un mantra. Y si voy muy atrás me veo a la edad de cuatro años mirando el cielo y sus escurridizas nubes, aunque también veo esos días de verano donde me lanzaba a una alberca olímpica desde una plataforma de nueve metros. Una caída de nueve metros para cambiarlo todo. Una alberca tan profunda como oscura. Creo que formalmente ese fue mi ritual de iniciación; todos los niños lloraban, nadie quería intentarlo, o los que estaban dispuestos no querían ser los primeros, así que yo lo hice. Todavía hoy me siento tentado a dejarme caer desde cualquier altura. Y me pregunto entonces si así cayó Dios, por vértigo. ¿Cómo vino Zeuz a mezclarse con nosotros bajo la forma de un toro? ¿Cómo Dios se hizo carne? ¿En qué consiste esa tentación?

El deseo oscuro de sumergirse en lo Otro no es exclusivo de los humanos, antes bien, perteneció a los dioses y a la naturaleza misma el confundirse, mezclarse, perderse, olvidarse de sí hasta extrañarse. Heráclito decía que “la Naturaleza ama esconderse”. Pero no nos pongamos tan serios. No es aún otoño y ya lo estoy evocando. Sólo digo que todo está rarificado, se trata de diferencias indiscernibles, y que siendo así es difícil saber quién habla. Eres tú, desde el otro lado, leyendo esto, mientras te preguntas cómo escapar, cómo renunciar sin aceptar la derrota. ¿Por qué dejamos de creer en nuestros sueños? ¿En qué momento creímos, por el contrario, que lo mejor era aceptar esta vida? Nuestras objeciones eran similares, pensábamos que no había razón para renunciar sin haberlo intentado. Con una palmadita en la espalda te dije que las determinaciones de la especie no siempre son las determinaciones del individuo, que nuestro histórico fracaso en lo colectivo no debía menguar nuestro anti-histórico esfuerzo en lo individual.

No obstante, ahora encuentro imposible pensar que fue nuestra decisión estar aquí, y que permanecer y aventurarse en los misterios y miserias de la vida de este mundo solo puede explicarse por el hábito y la inercia, por esa obsesiva repetición que se quiere así más que a sus obras. El hecho, por otro lado, de que en efecto nadie lo haya decidido en nuestro lugar también es inquietante, pues significa afirmar que absolutamente nada nos puso aquí. Una interesante sensación de vacío oscila esta noche desde donde te escribo. Si se mira sobre la arboleda, se levanta una enorme cresta de nubes aún más oscura que el ocaso, arrastrando consigo una terrible tormenta. Hubo una así hace quince días. El sonido de un rayo cortando el viento me despertó y su trueno llegó mucho después; entonces cuando quise pararme a tomar un poco de agua noté que mi cuarto estaba inundado menos de una pulgada, y que me había quedado sin electricidad; sólo el ruido impasible de la lluvia que golpeaba las tejas de la casa acompañaba mi asombro. Creí por un momento que estaba muerto y creí, por consiguiente, en la posibilidad del alma -de mi alma específicamente- atravesando algún tipo de purgatorio o de sala de espera. Lo experimenté como un sueño, como una escena sacada de la cabeza de Tarkovski: atravesaba el espacio sin moverme. Un tiempo puro el de la muerte y el sueño, y el de la creencia que los envuelve.

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