obra

Autoretrato de un neurótico en vías de perderlo todo

Había estado dormido toda la tarde de ese jueves de primavera. El calor no daba tregua aunque el sol del ocaso dejaba ya respirar mejor la tierra mojada que sólo unas nubes, que venían bajando de la sierra, anunciaban. La ciudad hervía y los malos motores de autos japoneses y alemanes interrumpían su siesta de vez en cuando. Pero cuando despertó no encontró nada decentemente referencial, ni una señal de seguir siendo él, él, el director de teatro, el editor de una revista. Filósofo de medio tiempo.  ¿Qué cosa realmente podía ayudarle a recuperarse a sí mismo?  Lo sabía, los sueños destierran toda esperanza del más allá. Este es el más allá, pensó. Yo vengo de una tierra salvaje, donde todavía me queda algún poder. Pero todo eso es pasado. El futuro no existe. Todo ha sido ya.

Abrió el refrigerador, algo se estaba echando a perder ahí. Tiró todo a la basura, no quiso enterarse de los despojos. Pensó en salir de la casa para ir al acostumbrado café de matemáticos y letrados -el mismo lugar donde acostumbraba empezar proyectos para luego abandonarlos- pero seguía haciendo calor, así que pidió comida japonesa a domicilio. Titubeó cuando preguntaron su dirección, nombre y teléfono. Sólo para cerciorarse revisó su id. Aparentemente seguía siendo el mismo, aunque eso empezaba a dejar de tener sentido. Ser él mismo. Único miembro de su especie. Sui generis.

Pensó también en ver esas series británicas de comedia que tanto le gustaron hace mucho tiempo con la intención de recuperar algún signo de sí, algún trazo de memoria, algo más que un simple recuerdo de la cotidianidad.  Pero la sola  de sensación de volver a ver otra vez, de perder su tiempo otra vez como lo perdió viendo IT Crowd, Peep show o The Office, le hizo abandonar ese camino. Perder el tiempo no era malo. Pero si nada de eso en ese momento sirvió para saber quién era, para determinar quién sería en el futuro ¿por qué serviría ahora? El repartidor tocó el timbre. Pagó, dio las gracias y entró. Una vez frente a la mesa revisó sus libros. ¿Qué era lo que estaba leyendo la última vez?  Decidió encender la radio y escuchar la hora de jazz mientras comía su arroz con vegetales y camarones. Pero no era la hora del jazz, habían cambiado la programación y ahora estaba un bloque de noise. Lo dejó, de todos modos hubo un  tiempo en que él amó el noise, vivió para el noise. Lo último que estaba leyendo era a Plotino, era Charles Dickens, era Hegel, era Pierre Macherry, era Pascal Quignard, era Giorgio Colli. Se sentía al acecho, como lobo hambriento, con apenas cierta noción de su  presente, que en medio de la crisis, tú sabes, se dijo ¿Qué más da? ¿Llegaría vivo al final del día? Es decir ¿hasta la mañana siguiente? No había lecturas en orden. No había orden, sólo sexo y muerte, a la manera en que Woody Allen lo pronunciaría en una sus películas. Terminó de comer y se fue al café, esta vez sin ideas para el futuro.

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