meditaciones beckettianas, obra

Deus Ex Machina

 

Me escondí por un tiempo (quizá una hora, hora y media), detrás de un librero que heredé de mi abuela. Todavía me escondo de vez en cuando ahí, sin ninguna razón aparente. Mi recorrido es este: paso corriendo desde mi cuarto, atravieso la cocina y la sala, y este enorme caserón que parece nunca acabarse, por fin ofrece una cálida estancia que podría tomarse por biblioteca, pero la verdad es que faltan muchos libros buenos – que supongo mi abuela heredó a gente mucho más lúcida y ávida de lectura – y quedaron más bien los enmohecidos con títulos demasiado decimonónicos como para atraer mi atención. Los buenos ya los leí, así que la mayor parte mis noches sólo estoy ahí escuchando música.

Y eso hacía hasta que pasó esto. Releía sin mucha atención El Mar de Jules Michelet, ese capítulo sobre las leyes de la tempestad. Tenía a mi lado un póster de Marilyn Monroe (la típica foto donde aparece bajando su vestido para que el viento no enseñe demasiado) que se había despegado de la pared cuando una corriente de aire abrió las ventanas y las azotó escandalosamente. En el momento no concedí gran relevancia a este suceso, pero cuando me puse de pie para cerrar las ventanas y cambiar la música, un ligero escalofrío se clavó en mi espalda. Quise decir ¡A la chingada! Pero mi voz no salió y el tintineo de unas campanas colgadas en la puerta principal me distrajo de algún malestar que estaba a punto de padecer. Caminé hasta la puerta principal sólo para asegurarme de lo que ya sabía, que la puerta estaba bien cerrada. Pensé en regresar a aquella estancia, pero desistí cuando otro escalofrío me atravesó de punta a punta, y paralizado quise (ojalá lo hubiera hecho) volver sobre mis pasos hasta el dormitorio. De reojo, a mi derecha, noté una gotera entre la cocina y la sala que muy pronto había formado un charco de agua sobre la vieja alfombra. Era invierno y no había llovido en todo el mes, y ese día sólo algunas nubes peregrinaban torpemente amontonándose, pero en el cielo no había indicio de tormenta. Esa gotera con su plap plap amortiguado en la alfombra, mi incapacidad de movimiento, y un discreto destello en el espejo que estaba a mi lado izquierdo arruinaron mis nervios. No creo en fantasmas, en demonios o historias de ultratumba, sin embargo aquella situación me superaba. Mi educación había sido bastante religiosa pero pronto abandoné los preceptos de la Iglesia cuando descubrí que las mujeres tenían todo lo que se necesita tener para que uno, como simple mortal, pudiera olvidarse de los cielos y los infiernos. Mas mi abuela que había sido una mujer de fe, configuró este lugar para vivir en Dios. Eso era, sólo puede ser Dios. El Dios de verdad, Dios detrás de Dios. Un Dios cerebral, un Dios que se funde con la naturaleza extraña de las cosas, un Dios cuyo milagro había sido hasta ese instante crear una gotera ex nihilo, un Dios de los escalofríos, de los destellos involuntarios en el espejo, un Dios que es como una araña de un solo ojo que teje esta rutina de la cual tengo que escapar. Y fue así que desperté junto a un charco más grande, con la evidencia ineludible de que las goteras se habían multiplicado, e imagino entonces que en esa ocasión no tuve más remedio que dormir parado hasta caer. Fue el frío lo que me despertó, con la incisiva humedad en mis pantalones -Menudo prodigio- pensé otra vez.

Como cualquier persona razonable, pedí cuentas de este asunto a diferentes plomeros, fontaneros, arquitectos, y ellos venían a reparar temporalmente la anomalía hasta que las goteras y sus charcos brotaban otra vez; así pues, me decidí a consultar a una medium, y Madame Moi me dijo que no había detectado nada raro, que lo único que percibía ella en todo esto era paz. Quizá se trataba de eso. El problema era yo, el problema era que yo no quería paz. Yo no quería a Dios haciendo su pequeños trucos de magia para mí. Dios sólo es molesto, no da razones de nada. Es por eso que yo evito quedarme mucho tiempo entre la cocina y la sala, porque entre otras cosas, el charco se convirtió en estanque, y pequeños nenúfares florecieron ahí donde ponía mis cosas. Trato de rodear el lugar, voy por las orillas, pegado a la pared esperando el último diluvio. Si siento un escalofrío corro a esconderme detrás del librero, porque he notado que ahí su gran ojo de araña no alcanza a percibirme. Porque ahí es posible no ser, y si Dios teme algo es la nada. Fue así como conjuré este abismo. Un pequeño portal al vacío donde ni siquiera yo existo.

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