meditaciones beckettianas, obra

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Quería hablarles de mi profunda e imparable e  inequívoca incredulidad y descredulidad en todo. Pero ahora cambié de opinión. ¿Entienden eso?

John Jesurun – Filoctetes

He perdido con mis sueños, mis razones. He perdido todo. Ahora sólo quedan cosas sin un sentido específico para ser. Relojería barata, dijo la mujer de la esquina mientras profería las últimas nuevas sobre el Apocalipsis. Pero puede que no sea otra cosa más que mercadotecnia para un improbable “Fin de los Tiempos” -eslogan de una patente en China-. Todos los santos se han reunido aquí con la ilusión de verme suplicar, quieren a toda costa que salve mi alma. ¿Pero qué alma? ¿Qué ánimo debo a todas estas cenizas de una cultura que se esforzó en consumirme? Esperé el día sin embargo, porque se me dijo que un poco de esperanza no hace daño a nadie. Y esperé entonces, sentado en un sofá de tres plazas, y dejé que mis días se aglutinaran repasando las instrucciones. He ahí tu cuerpo. Sácale provecho, aquí está tu mano, hazte una puñeta. Pásame un pedazo de bolillo con mermelada de fresa, mamá. Y me quedaba esperando, pero mamá nunca apareció. Y en la soledad, pequeña plenitud, las hormigas venían en fila como si las migajas de ese bolillo que nunca tuve se encontraran ocultas en lontananza… o en mi bolsillo. Ah cabrón. Mmmm. Qué rico. Esto pasa con el monchis; se te olvida siempre el último lugar en donde dejaste la comida después de fumar. Entonces recuerdo… estaba diciendo…. las hormigas no van, sino que vienen, y suben hasta mi bolsillo, soy testigo de ello cuando meto mi mano para comer por tercera vez como si fuera la primera, y mi mano ya no está, o está, pero ahora es un pelotón de hormigas rojas y salvajes. Mastiqué mi bolillo y me sorprendí de esta delicia que estaba probando a pesar de tener la lengua hinchada por tanto piquete de aquellos bichos. Es digno de ser apreciado, dijo una voz a mis espaldas que cuando volteé ya no se oía ni se podía percibir su emisor por ninguna parte. Miré la hora, era la misma. Tengo tiempo entonces para escuchar música, pensé. ¿Digno de ser apreciado? ¿Yo? ¿Mi lengua hinchada?  ¿La fila india de hormigas salvajes que acampaban en mi bolsillo cuando querían guarecerse de las inclemencias de este tiempo? ¡Qué tiempo! Llovía todo el día que parecía de noche. Podría ser Londres, pero eso esta fuera del presupuesto, pues escribir Londres en estos tiempos ya sale caro.  Olvídenlo, renuncio. Si no es Londres yo no trabajo aquí. Evidentemente todos me ignoraron. Mi lengua hinchada sólo producía un :  Fi fo fes Fonfres fo fo frafafo afí. Me imagino que enunciados de este tipo salían más baratos. La música, exquisita, miles de insectos bailaban en mi oído al ritmo de The Beatles, mientras devoraban las definiciones de Benveniste. Recitaré poesía en el estilo más proto-Punk, me uniré a los Argonautas y lloraré por ti querido lector, si un día lees esto.

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