obra

Breve historia de las cosas que nunca ocurrieron

No pasa nada… He dicho yo muchas veces sin referirme a mí necesariamente, sin referirme a nada en específico, pero cuando llega el momento es inevitable. El haber dejado atrás las presentaciones se ha interpretado como una descortesía de mi parte, pues bien, como sea, he perdido los buenos modales, también los malos, casi sin atributos. Basta con preguntarle a los enanos que sirven en mi casa por la noche, a la hora de la cena, acerca del temor indescriptible que sienten sólo porque nunca me han visto, porque no pueden verme, y tal vez no quieran. Si tan sólo un día levantaran su cabeza, y abrieran bien sus ojos pekineses, se llenarían de un asombro y de una calma similar a la que experimenta un adicto a la heroína. No es que sea la gran cosa, al contrario, por eso mismo, no hay nada que temer, pues apenas poco más que una sombra, me deslizo silenciosamente entre hora y hora para no perturbar las cosas, para dejarlas ser en su plenitud, pues aborresco, debo admitirlo, cualquier manipulación intencionada con la realidad. Un día me dije: Suficiente, haré lo contrario, dejaré de intervenir en esta dimensión de las cosas corruptibles de por sí, me dejaré padecer y desaparecer. Quiero recordar los jardines, las personas, los días y sus minutos como si yo nunca hubiera existido. Y eso fue lo que hice, si se puede decir que dejar de hacer es un hacer. Y entonces me dediqué a la ardua labor de invertir el tiempo, de saltar de estaciones, olvidar fechas, nombres, rostros, lágrimas y sonrisas: desrealizar la vida con la absoluta sobriedad de un sacrifico que duele hasta la médula. No puedo negar que todo aquello me volvió un poco loco. Había ciertas cuestiones difíciles de abordar a partir de estos principios. El más significativo para mí, en el ámbito de lo carnal, era desde luego, el que tenía que ver con aquella mujercita que se sentaba a leer un libro en la banca delante de mi casa cada viernes. Yo la veía desde mi ventana, bien escondido, y ella a veces levantaba la mirada cuando en un breve cambio de presión atmosférica se producía alguna corriente de aire, usualmente de norte a sur. Yo tenía las ventanas de la casa todo el tiempo abiertas, a fin de dejar que el viento corriera libremente, en constante armonía de luces y sombras recreadas entre cortinas y objetos.  Todo es más complejo si me propongo comentar también que yo tenía un par de buenos amigos a los que tuve que dejar de hablar de repente como si me hubiera picado el bicho raro de la indiferencia, pero no era indiferencia, en serio, sólo creo que ya era demasiado enfermiza  mi personalidad como para explicarles mi decisión, mi determinación a desaparecer. Y yo pese a todo esto, no quería perder mi dignidad, no quería pasar por un loco.

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