obra

Clinamen III

…de las cosas mismas nos viene el sentido
de lo que se cumplió en el pasado,
de lo que ahora es presente,
y de lo que ha de seguir…
Lucrecio – De rerum natura –

Un coup de dés jamais n’abolira le hasard
Mallarmé

¿Por dónde empezar? Nosotros vivimos, reímos, lloramos… no. Nosotros no, sólo yo, a la mitad de la noche imaginando una escritura imposible, sin sujetos, sin historia, incitando a la vejación inmediata de todos los mitos que hasta ahora han fundado a la civilización. Civilización, pensé, curiosa palabra, que ya nada significa. Sobre todo porque la falta de ingenio se ha transformado en la madre de todos los males: el problema siempre fue planear demasiado, si no, pregúntenmelo a mí, que después de muchos años en el limbo económico de la volatilidad, mis dólares ya no valen mucho. Alguien dijo, no sin saña, que todo esto es culpa de los judíos. Otro culpaba a la conspiración de los illuminati; uno más metió su cabestruz en el hoyuelo de las redes sociales y nunca más supimos de él. Perdimos a muchos en la rayuela cósmica de la mamada. Me detuve a mirar nostálgicamente la acumulación de cuerpos en estado de putrefacción; apenas podía creer que un día estuvieron vivos. A este lo mató el narcotráfico, se sabe por el tiro de gracia, y por la cabeza cercenada, que todavía sueña con su cuerpo; a este de acá, el de los ojos nublados, lo mató la negligencia médica, y según nuestros informes, pertenecía a la clase más baja de burócratas. Era un Kafka, o mejor aún, un Godínez: siete tazas de café al día y su completa falta de iniciativa para hacer ejercicio lo convirtieron en este despojo. Aunque la versión de los amigos es más contundente. A decir de ellos, tenía taquicardia y su corazón se detuvo cuando no pudo con las deudas de la cirugía estética de su esposa. Que si la papada, o mejor unas bubis nuevas. En eso estaba yo, cuando llegó la hora de la presentación. Debía hablar ante unos cuantos moribundos sobre la importancia de donar sus órganos a la ciencia, ya que la enfermedad que padecían no podía ser tratada con el nivel de conocimiento que poseemos hasta ahora. Tienen la obligación moral, les dije, de ayudar a que otros no pasen por lo mismo, sus órganos pueden acelerar la investigación. Este síndrome en particular se manifestaba en personas que habían viajado en algún momento de su vida a los Estados Unidos y habían comprado, en Texas, tabaco importado de Nicaragua (estúpidamente, ese era el único patrón). Nunca habían viajado a Nicaragua, yo tampoco, pero ya empezaba a sentirme mal luego de que le di unas fumadas a esos cigarrillos importados. Creo que eso es cosa de todos los días. Caminas por el hospital, mientras en tu mente flota alguna melodía capaz de hacerte volar lejos de los pasillos, de volver nubes los pasos que se disuelven con los distintos tonos de luz, como caleidoscopios sonoros, similares al oleaje de la Llorona, a donde por cierto uno ya no puede ir porque ya no sabes quién te cobrará en la caseta de cuota, si el ejercito, los narcotraficantes, o los dos al mismo tiempo. No pretendo hablar de todo esto, tranquilos, les dije a los que agonizaban. Lean a Vicente Huidobro ¿Ya lo leyeron? Entonces lean a Heidegger, o a Cioran, eso les alegrará el día. Yo tampoco les entiendo muy bien, pero igual los recomiendan para estos casos. Eso sí, no crean que por eso tendremos salvación. Denuncien a cualquier interno que quiera convencerlos de lo contrario.

Hay que agregar también que, a pesar de todos los intentos de Michel Houellebecq por desprestigiar al islam, ahora todos seguimos los preceptos del Corán. No todos abiertamente, tampoco es para tanto, pero el sincretismo tenía que ocurrir. Las costumbres musulmanas sustituyeron a las cristianas, se derribaron las iglesias y se construyen mezquitas, y durante el Ramadán es obligatorio el ayuno. Incluso yo, que nunca me pronuncié por ninguna fe, debo decir que me siento más cómodo con esta cosmovisión. Por supuesto que eso no me hace, hasta donde sé, un fundamentalista que apoye los atentados contra los infieles. Yo soy un profanador de creencias, uso lo que me sirve, nada más, y lo que no sirve, pues que los pepenadores de la historia se encarguen de eso. No bien había dicho que se podían ir a sus cuartos a reflexionar, todos corrieron con sus folletos en la mano a considerar la oportunidad de ser observados, por primera vez, objetivamente. Este es mi hígado, pensarían, vea, por Alá, si el ligamento falciforme está donde debería estar, ¿o se trata de cirroris? ¿cáncer? law sha’a Allah sólo sean piedras en la vesícula. Les acabo de decir que no hay salvación. La música reggae de un paciente que se cree jamaiquino empezó a desesperarme. Mira, tú no eres negro, le dije, ¿qué te pasa? Apaga eso. Le quité la peluca de rastas y lo mandé a dormir, sin cenar.

Existe el miedo, sin duda, que nos hace avanzar o retroceder entre los resquicios de esta naturaleza indómita, cuya expresión es la crueldad del silencio que nadie invoca y bajo el cual permanecemos expectantes. Este tipo de cosas suelen mantenerse al margen de nuestra vida diaria porque si, por otro lado, hicieran acto de presencia a cada instante, no podríamos ni ver el fútbol tranquilamente. Todos tienen un secreto, everybody lies, decía Dr. House. Yo, sin mucho trabajo, podría ser un asesino. ¿A quién preferiría matar? No soy para nada como Charles Manson. Nunca me uní a la iglesia satánica de los Nueve Ángulos, ni leí una página del nuevo… He de replantearme la situación desde aquí. No mataría por placer, sino por necesidad. Esa María sí que estaba ciega, dejarse embarazar por un tipo que dice ser Dios, sólo porque vende palomitas de mantequilla afuera de la mezquita. Mataría al sujeto que se aprovechó de la inocencia de mi María, mi única hermana. En fin, se me ha prohibido en el contrato laboral hablar de eso y de muchos asuntos que son pertinentes para la seguridad de cada uno de los lectores; por ejemplo, ya no puedo hablar de mi tío Adolfo, quien aseguraba sentir la severidad de la mirada de aquella virgen del Tepeyac que tenía colgada en la pared, cada vez que le gritaba a su madre. Raras ocasiones se me permite verlo. La última vez, respecto a sus delirios, me confesó tener la idea perfecta para un negocio de comida. Se llamará Carnitas el Güero, dijo, toda la inversión es mía, pero tú puedes administrarlo. Tío, le dije, sabes que yo soy aquí un reconocido psiquiatra, sabes que estás aquí en calidad de paciente, no puedo hablar mucho contigo. Esta gente es muy seria, si se enteraran de que me muero de ganas por administrar ese restaurante de carnitas me quitarían la licencia, y me internarían contigo por seguirte el juego. Pero no es un juego, ya lo sé tío. Ellos qué van a saber. Si ni siquiera están convencidos de que los electrochoques estén ayudando. Ya es muy tarde para el psicoanálisis, ya no puedes asociar correctamente una idea con otra. A con B ha dejado de tener sentido para ti. No es que alguna vez lo haya tenido en realidad, pero para esta gente es importante saber que puedes caminar contando los números naturales positivos en orden, olvidándote de toda esa mierda, sobre si se trata del conjunto de los números reales que no son numerables, que sin son trascendentes o algebraicos, racionales o irracionales. Por dios, no eres Cantor, olvídate también de los transfinitos. No sufras, no recites por favor ese poema de César Vallejo, que de verdad me hace llorar. ¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera
tienen cuerpo!* Pero tú todavía tienes un cuerpo… cierto, cierto, mira, te amputamos una pierna para que dejaras de huir, pero lo hicimos por tu bien, no podías andar por ahí diciendo que somos partidarios de la tanatopolítica, por el amor de dios, yo también leí a Foucault, y al italiano ese, Agamben, no me vengas con eso de que ahora yo soy el traidor. Eso le dije, la última vez. Hay una buena razón para no hablar de todo esto, pero ya no importa. Hace tiempo que luchamos por rescatar los matices, luchamos contra los que creen que tienen la última palabra, y la primera también.

Era horroroso ese escenario, en donde ningún malabar mental valía para divertirnos como niños, y como los niños que eramos, claro que matamos pájaros, víboras… hasta le disparé una vez con mi escopeta al acólito del templo de San Juan, y no, no salió herido, sólo fue un moretón por el balín; también le veía los calzones a las niñas, con su consentimiento. Llegaba ofreciéndoles un dulce a cambio de satisfacer mi pura curiosidad anatómica. Tenía ocho años, qué podía entender yo. Ni idea que de ahí salían los bebés, más bien pensaba que se trataba de un defecto de fábrica. Sin embargo, el defecto, con el paso del tiempo se convirtió en una virtud, y durante la adolescencia me la pasé soñando con los placeres que describía el libro vaquero y toda esa literatura francesa que no se cansaba de incitar al pecado. Tuve una novia fanática del cosplay que disfrutaba tener sexo disfrazada de C3PO. ¿Qué te pasa, estás mal de la cabeza? le dije, cuando descubrí su parafilia. Mira qué húmeda me pongo, dijo, siempre que hago a este personaje. No tuve más opción que aceptarla como era; incluso para mí eran raras esas actitudes. Salíamos todos los martes, alrededor de las 4:00 de la tarde para la función de permanencia voluntaria, nos quedábamos en la sala hasta las 10:00 de la noche. Veíamos tres películas, y en cada intermedio nos entregábamos al arte del cachondeo. No supe de ella en muchos años pero ayer, cuando apareció en televisión y en internet para reclamarle al gobierno la liberación de sus dos hijos, ahora presos políticos, la reconocí en seguida. Su voz chillona nunca me gustó, quizá por eso terminé la relación con ella. Pensé brevemente en su situación, pensé que sus hijos pudieron ser mis hijos, y que su dolor sería mi dolor. Me puse en contacto con ella para ofrecerle mi apoyo, y prometí, no sé cómo, que movería mis influencias. Es verdad que conozco a una o dos personas que viven de la política, pero no me queda claro que sean influyentes e indispensables para el aparato de Estado. Además, ambos están en un partido de pseudo-izquierda a punto de la ruina total.

Estoy cansado, no ha sido fácil hablar de nada. Incluso imaginarnos aplaudiendo el esfuerzo es algo que produce apatía. Lucrecio, el poeta latino, tenía un nombre para estos breves momentos de genuina libertad que la lluvia de átomos podía permitirnos; le llamaba clinamen (desviación) al instante en que el azar intervenía para volverse un simulacro de la materia, pues el tiempo no existe en sí: todo es siempre lo mismo, decía Lucrecio, quien terminó suicidándose. Déjenme a mí al menos olvidar esto que acabo de escribir.

Ernesto García Castro

Enero 2015

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