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Perímetro

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En detrimento de la verdad, contaré esta historia, cuya sustancia única carece de importancia, ya que, a grandes rasgos, sólo se trata del día en que descubrí que la existencia de ese hombre (del que hablaré en seguida) era posible.

Iba yo a la panadería del barrio, llamada San Sebastián, a comprar algunas hogazas para el desayuno, cuando lo vi a él, robándose el foco de atención de los peatones y conductores que pasaban despacio por donde él estaba. Qué hacía, qué tenía de raro, lo diré ahora: caminaba pegado a la pared, es decir, sin despegar la espalda de la pared, como si necesitara su constante apoyo. Nada raro, si se tratara de algún borracho trasnochado, de esos despistados a los que el día toma por sorpresa en interminable fiesta de danzón y bohemia. Pero en él no se asomaba signo alguno de alcoholismo o drogadicción, y por lo que se podía apreciar, tampoco padecía completamente de sus facultades mentales. ¿Acaso le dolía la espalda? Lo pensé, pero esta aseveración fue descartada cuando alguien se ofreció a ayudarlo y éste, sin abandonar la firmeza de la pared, se negó, aclarando con amabilidad que se sentía completamente bien.

Puede que estuviera mientiendo, no lo niego, pero me atrapó la loca idea de que este pobre hombre, que sólo se atreve a caminar pegado a la pared, tiene una necesidad no física, sino patafísica o cuasi-metafísica, de caminar apoyado en los muros a donde quiera que vaya. Juro que entonces me sentí dichoso, cuando lo vi entrar a la panadería a la que yo iba, pues en lugar de haber pasado por enfrente del umbral de ese negocio -como cualquier persona sin intenciones de comprar pan- siguió el perímetro del muro de afuera hacia adentro, para luego volver a salir. Se me hizo fácil seguirlo en la imaginación, recorriendo los perímetros de la ciudad sin despreciar para su espalda muro alguno; y recordé después la valiosa lección matemática que asegura, en términos de probabilidad, que es posible salir de un laberinto sin pasar dos veces por el mismo lugar, con la espalda pegada a los muros y desplazándose en una sola dirección por el perímetro del laberinto. Sentí un escalofrío, y pensé que aquel hombre debía tener muy buenas razones para querer salir de aquí de una vez por todas.

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