obra

Die Anstalt

Capítulo I

Donde el autor divaga acerca de la naturaleza de la novela

y sobre la absurda necesidad de los personajes

 

 

El deseo es lo que engendra al pensamiento.

Plotino

 

 

Nuestro protagonista había estado comparando todos los remakes de James Bond aquel día, desde las 10 a.m. hasta las 11 p.m., con intervalos para desayunar, almorzar, comer, tomar el té (costumbre inglesa que decidió adoptar luego de separarse de su mujer, que no era británica, sino australiana) y cenar. Todo esto tenía que ver con una publicación para una de esas revistas electrónicas que ahora se producen al por mayor en digital (aquellas como VICE que no dejan de ser la misma versión de la basura que presentan en televisión pero con diferente empaque), y que uno puede encontrar en el kiosko de ISSUU. El texto trataba de dilucidar cuál de las tres versiones de Casino Royale guardaba más semejanza con el estilo british, y encima, proponía una teoría del suspense a partir de las novelas policiacas de Edmund Crispin, por un lado, y por otro, ponderaba las valiosas lecciones cinematográficas de Alfred Hitchcock. En primer lugar, es fácil para los fanáticos reconocer que la historia había sido cruelmente modificada en ese primer episodio para la televisión  (nos referimos aquí a la versión de 1954, con una duración de 48 minutos) al presentar a James Bond como  Jimmy Bond, un agente secreto norteamericano, no británico. En fin, chácharas y otras disertaciones de este tipo son la verdadera pasión del personaje que se describe en esta novela, el cual, por su profesión y destino como psiquiatra fracasado, encuentra en la narrativa una ética y una prueba de que su existencia es, al menos, soportable. Claro que el lector pensará – con razón – que eso no justifica que lo primero que se  exponga de este personaje sea su patológica afición por el género detectivesco y su arruinada carrera en  el ámbito de la psiquiatría, pero tenemos motivos para empezar por aquí.

Los problemas nunca surgen como elementos aislados en el sistema que se les estudia o se les observa, la correlación siempre complica la explicación, porque si bien todo tiene que ver con todo, no significa que el todo sea homogéneo; y si para fines meramente prácticos enmarcamos en principio la situación a un  personaje, es para demostrar, antes que su universalidad, su singularidad. La historia podría empezar muy atrás, con los aztecas o los tarahumaras, con algún español hijo de puta abusando de las mujeres que trabajan la tierra de su hacienda, o con algún mexicano hijo de puta abusando de las mujeres que trabajan en su tienda de abarrotes. Simplemente ofreceremos un panorama, un horizonte de eventos, para entender cómo la vida termina siendo lo que siempre hemos sospechado, un recordatorio de la muerte y una promesa de la imaginación. No obstante, no se trata de un escurridizo efecto que el escritor invoca, al contrario, durante todo el relato, el lector deberá confiar en que dicho escritor no existe, y que lo que se lee, es la vida propia, tal como Proust quería. Pero entonces, el lector se preguntará ¿cómo sé que este no es uno de esos galimatías sesudos que los pseudo-intelectuales ofrecen al mercado editorial para satisfacer el buen gusto de unos cuantos que, con la conciencia tranquila, pueden jactarse de reconocer un buen libro, una obra de arte, una copa de vino tinto?  Querido lector, no hay de qué preocuparse, uno siempre puede mandar por un tubo las pretensiones morales, políticas, estéticas y ontológicas de cualquiera que se precie de ser autoridad en tal tema.

 

Sin más preámbulo, hablaremos brevemente del pasado inmediato de nuestro personaje. Su padre había sido criado entre vacas, cerdos y gallinas, ya que sus abuelos pertenecían a la noble casta del campesinado michoacano de los años 70s. En ese rancho, cerca de Zamora, las ganancias generadas a partir de la producción de fresas y maíz eran suficientes para mantener a una familia de nueve hijos con lo necesario, es decir, escuela, comida y ropa. De modo que no había forma de que su padre aspirara a una vida radicalmente distinta a la que llevaban sus hermanos, pues casi todos, a excepción de él y sus dos hermanas, abandonaron el país para trabajar en Estados Unidos como ilegales contratados por apenas unos dólares en la ciudad de Santa Bárbara, California. Podríamos echarle más leña al fuego, pero por ahora basta mencionar que la historia de su padre, al que podemos llamar Alonso, tiene un final feliz. A los veintidós años se mudó de Zamora para trabajar como técnico laboratorista en un almacén de Resistol, ubicado en Coyotepec, en la frontera del Estado de México con el D.F. Ahí en la capital conoció a una enfermera que trabajaba para la misma compañía, y obviamente la mencionamos porque ella es la madre de nuestro protagonista. Oriunda de León, Guanajuato, Ana María había llegado al D.F. en 1980, luego de haber terminado su diplomado en enfermería. Vivía con su hermano mayor, un pasante de psicología que nunca concluiría su tesis sobre el conductismo y la cultura de masas, y que con el paso del tiempo se dedicaría más bien a ocupar puestos de gobierno en el circuito cultural de la capital del país. ¿Cómo se conocieron sus padres? Es una respuesta que no sabemos, porque nuestro personaje nunca lo quiso averiguar. Vivía en un estado de completa negación, no podía creer que dos personas (específicamente sus padres) insistieran tanto en su relación a pesar de todo el resentimiento que había entre ellos, como si ese resentimiento viniera de antes de haberse conocido, incluso antes de haber nacido.

Pero tampoco se trata de enunciar la tragicomedia que forja toda una vida, puesto que no hay mucho que decir del pasado que realmente haya pasado, sobre todo porque el lector ha decidido desde este punto abjurar de toda relación causal, lineal y reduccionista. La memoria es más activa que pasiva, construye y selecciona lo que puede ayudar como pasado, con la condición de seguir creando y así seguir viviendo, simple y puro Élan vital. La verdad es que, ante esta perspectiva, nuestro personaje es más bien escéptico. Alguna vez fue fanático del vitalismo, pero pronto desistió al considerar que la mayoría de sus contemporáneos se contentaban con la típica respuesta: C’est la vie  (así es la vida). El colmo para él fue cuando encontró resonancias de esta filosofía en la película de Jurasic Park, en la escena donde descubren que de repente ya tienen dinosaurios de ambos sexos, cuestión que se explica por la aplicación de información genética de unas ranas hermafroditas que cambiaban de sexo para asegurar la procreación. Steven Spielberg no tenía derecho -¿Cómo es posible que hayan convertido a Bergson en esto?- Se preguntaba él mismo. La frase que resumía todo su malestar era: la vida se abre paso. Para ese entonces ya había leído los libros del Método de Edgar Morin, y no los quemó, sólo porque pensaba que bien valía la pena dejar que otros se desengañaran por su propia cuanta leyendo al francés más mentado en las mesas de filosofía y complejidad. ¿Qué hizo con esos libros? Pues los vendió casi regalados a una librería de segunda mano, una de las muchas que contagian de morbo y nostalgia a los transeúntes de la Ciudad Universitaria.

 

La venta de estos libros le aseguró un descuento del 50% en cualquier título que él deseara. Había visto la película de Solaris, de Tarkovsky, y también el remake gringo, donde sale George Clooney (en esa se había quedado dormido), y estaba interesado en comprar la novela homónima de Stanisław Lem, pues esta obra había sido el motivo de las posteriores adaptaciones cinematográficas. Luego de revisar por más de dos horas anaqueles, estanterías y cajas se rindió. El dueño, que se había quedado con una buena impresión de él, le dijo que creía haber visto otro título del mismo autor.

 

–                    Creo haber visto otro título del mismo autor.

–                    ¿En serio? ¿Dónde señor?

–                    Dime don Chuy.

–                    ¿Me podría decir dónde vio el libro don Chuy?

–                    Sí, sí, pasa, por aquí. ¿Tú cómo te llamas?

–                    Ramiro, Ramiro Cardiel, servidor.

–                    ¿Siempre eres tan formal?

–                    No don Chuy, solo estoy siendo amable.

–                    Menos mal. ¿Te gusta el futbol?

–                    Sí, pero no le voy a ningún equipo.

–                    ¿Seguro que te gusta el futbol, o sólo estás siendo amable otra vez?

–                    No veo ningún buen equipo por aquí que merezca mi admiración, don Chuy, ¿Usted lo ve?

–                    Claro que sí, yo le voy a los pumas de la UNAM, ¿tú no estudiaste aquí?

–                    Sí, aquí estudié medicina, y luego hice mi especialidad en psiquiatría, en Francia.

–                    Te ves joven.

–                    Ya lo sé, pero me siento viejo.

–                    Muy mal.

–                    Ya sé pero así… así es la vida.

Don Chuy no quiso decir más. Realmente pensó que este sujeto no se merecía ningún descuento; la impresión nítida y cordial que tenía al principio se había difuminado, la cercanía reveló a un Ramiro oscuro y apático, de personalidad insípida… pero ya era muy tarde, ya tenía el libro de Stanisław Lem en las manos, y a Ramiro le brillaron los ojos cuando lo vio. Un empleado de la librería encendió la radio, y mientras sintonizaba alguna estación, tanto don Chuy como Ramiro se encontraron en el silencio, frente a frente, sin poder decir nada, hasta que sonó algo que parecía reguetón, era Calle 13, con su canción de John el esquizofrénico. Empezó a llover, y mucha gente que llegó corriendo para refugiarse del chubasco en la librería se sintió obligada a fingir que estaba interesada también en comprar algún libro. Ramiro perdió la paciencia, así que preguntó que cuánto costaba el libro de Stanisław Lem, El vacío perfecto. Esta joya de la literatura polaca, escrita en 1971, junto con las novelas de Bruno Schulz, constituía para nuestro personaje un universo que era necesario transitar.

 

–          No sabía que la teníamos en esta editorial, así te va a salir más caro manito, es española.

–          No importa Don Chuy… ¿cuánto quiere por El vacío perfecto?

–          Dame  cuatrocientos cincuenta.

–          Deje veo… aquí tiene, doscientos, trescientos, cuatrocientos… cincuenta, apenas.

Aún estaba lloviendo cuando salió de la librería. Corrió para tomar un taxi. – A la estación Villa de Cortés, por Plaza Victoria, por favor. – Dijo. Dentro del auto, el taxista de curiosos rasgos asiáticos sólo murmuró una especie de reverencia o saludo, y subió el volumen de la radio, estaba sonando El coco no de Roberto Junior y Su Bandeño, una rola que ya había escuchado toda la semana en el metro, tanto de ida como de regreso.

La mirada menguante del taxista asomándose por el retrovisor, adornado típicamente con unos dados de peluche, y el tablero con animalitos de madera que tienen la gracia de balancear su cabeza, le recordó al último paciente que tuvo, o mejor dicho el último que le interesó, cuando todavía trabajaba en la clínica. Su paciente era un tipo enajenado por el sistema capitalista, convencido de que había nacido para sacarle todo el provecho económico a la cultura Kitsch. Se dedicaba a mover mercancía de lo más bizarra: cristos rocanroleros, pipas en forma de genitales, playeras de Dragon Ball con mensajes de superación personal, lencería comestible para lesbianas bulímicas (que se vendía como pan caliente porque era más fácil de vomitar), juguetes sexuales inspirados en la película de Alien, y un largo etcétera. Llegó a estar internado tres años por un episodio interminable de depresión aguda, ocasionado por los altibajos de la economía mexicana, situación que se agravó quizá por las películas de Woody Allen.

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