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Miseria

Nunca pudo usar ropa elegante hasta que se encontró con la muerte.

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citas, literatura, Pascal Quignard, Poesía

Tratado XL. Sobre el meñique / Pascal Quignard

En el año 9, Ovidio compuso el libro I de las Tristes en el navío que por decreto imperial lo conducía al exilio en Tomis. Había embarcado en el Brindisi. El Adríatico estaba agitado. Era otoño.

Tenía cincuenta y dos años y estaba solo —su mujer había elegido permanecer en Roma, en el palacio y los magníficos jardines de su marido, entre la Via Clodia y la via Flamina.

No conocía el puerto de Tomis, las orillas del Ponto Euxino, el Danubio helado, el clima glacial del que iba a morir. No escuchará más las voces y los acentos romanos. Durante el resto de su vida ya no resonarán —en sus oídos— más que el griego, el geta, el sármata. Y tan sólo a veces vagará todavía por ellos el tarareo de su lengua ausente.

Este tarareo se encuentra en los libros.

Ovidio escribe que tiene, desenrollado sobre sus rodillas,  un volumen, mientras está sentado en el puente del navío. En los márgenes de este volumen o raspándolo a medida que escribe anota las impresiones que experimenta. Sin levantar la cabeza. Dice adiós a lo que se aleja. Se estira la túnica y anticipa la desgracia. Llora. Levanta el mentón mientras las lágrimas escribe manchan el libro al caer, y mira el mar cuyo resplandor le quema los ojos. De este modo excusa las lágrimas. Baja sus ojos, observa sus rodillas, acaricia el libro que continúa abierto: un pergamino dice pobre y peludo, cuyas letras de título no están pintadas con minio, cuya página es negrusca, no ha sido enlucida con aceite de cedro y no ofrece al olfato su perfume. El volumen no está enrollado sobre palillos de marfil. La piedra pómez no ha pulido ni alisado el cuero: está « hirsuto» como el rostro ritual de un enlutado en Roma. Las lágrimas de Ovidio han manchado las columnas y confundido, incluso, algunas palabras. Además escribe quien lo lea será silencioso : «Et tacitus secum, ne equis malum auditat…».

Será escondido y furtivo por el temor a que se cuente al emperador o a la emperatriz que un hombre lee al exiliado. Este libro es un compañero imaginario. Incluso, es un trozo de piel que un niño sostiene para dormirse. En el momento en que Ovidio escribe este versos tan precisos, Jesús expulsa a los mercaderes del Templo. Sobre el puente, el poeta escribe mudamente a través de las lágrimas que trata de retener. Lee en este tambaleo de la emoción, en este cabeceo hacia Tomis. Lee en este aliento cada vez más retenido de una lengua que abandona. Lee en esta voz que los sollozos y la restricción impiden. Lee con el auxilio de está «voz escondida» que inventa la lectura.

*

Dejo el puente de un navío hacia Tomis por el pretil de un puente sobre el Tíber.

*

Un rito oscuro en Roma consistía en el lanzamiento anual de los hombres de junco al agua. Se llamaban las Argeas. Argei significa «maniquíes de junco». El 15 de mayo, desde el punte Sublicius, unas mujeres arrojaban veintisiete maniquíes trenzados. Ovidio describió este rito: son las vestales que procedían al lanzamiento de estos argei, de estos stramineos quirites (de estos padres de paja). Estas palabras se encuentran en la página de Ovidio. Las vestales desordenaban sus moños en signo de luto y depositaban en el aire estos muñecos ligeros después de haberlos atado de pies y manos. Unos recuerdos de hombres arrojados ritualmente desde lo alto de los puentes en dirección a los dioses de los ríos se habían convertido en simulacros de follaje. Un viaje en barco hacia Tomis es un simulacro de un hombre que ha sido arrojado. Augusto es la vestal. Existen antiguos sacrificios que han sido sustituídos por ofrendas intertes. Todavía vagan fantasmas por los libros. Flotan largos maniquíes en la superficie del Tíber, se hunden progresivamente, alcanzan el mar.

*

Se llamaba también a estos quirites de follaje, los sexgenarii da ponte : los hombres inútiles, los hombres que han pasado los sesenta año y de los que se deshacen tirándolos desde un puente.

*

Los muñecos en el río se deslizaban fuera de la ciudad en silecio, los hombre callaban. Habían arrojado: no habían expulsado, no habían matado. El mismo dios Tíbes se encargaba de retirar a las vícitmas de los muros de la ciudad. Iban hacia Ostia Antica como cestas de ofrenda vacías.

Se alejaban entonces del puente Sublicius. La palabra griega logos quiere decir también «cesta». Los libros son pequeñas naves que llevan unos hombres de paja a Tomis, katharmos, desperdicios, héroes de novela, muñecos de mimbre, quirites de follaje, chivos expiatorios, pensamientos de nada y deseos de junco.

 

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meditaciones beckettianas, obra, Poesía

Eso a lo que le llamas vida

Hay lluvia en la tarde que recuerdas

porque nunca te quisiste ir,

corrían las nubes de campo en campo

y pensabas no dormir en la sombra

ligera de nuestros días de café.

 

Estabas ausente a tu manera:

Descifrando el pulso de tu cuerpo

en el agua -todo un cielo sumergido-

te decías, con la asesina distancia

de una estrella a otra.

 

…Y una raíz quebraba la oscuridad

y liberó un poco, y casi nada,

una bomba, un parto, un recién nacido

que sólo te atrevías a mirar desde el espejo.

 

No hay ruido que no conozcas,

no hay ruido que no,

no hay ruido que,

no hay ruido,

no hay,

no.

 

Sólo un pellejo, eso a lo que le llamas vida.

 

 

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